lunes, 27 de agosto de 2007

Revolución Neurolingüista y Potteriana


La Programación Neurolingüística (PNL) es una escuela de pensamiento pragmático que sostiene que en última instancia toda conducta humana se desarrolla sobre una 'estructura' o 'plantilla de pensamiento' aprendida, la cual puede ser detectada para ser modelada (copiada) por otras personas y obtener con ello similares resultados. Del mismo modo la disciplina sostiene que es posible cambiar o reprogramar esta estrategia o plantilla de pensamiento, si es que hay algo que limite o para potenciar algún recurso, comportamiento o creencia, con el fin mejorar la calidad de vida." (Wikipedia, negritas añadidas).

De las muchas cosas que me arrechan, una que lo hace sobremanera es esta corriente-tendencia-moda new age, metafísica y/o mágico-religiosa (whatever), de creer -con fe dogmática- que los buenos pensamientos, los deseos y hasta las palabras, son responsables y capaces de cambiar lo que afuera está pasando...

Las manifestaciones de esta magia moderna van desde conjuros graciosos, como los de una amiga que, enfurecida, suele proferir perlitas tales como: "Ese coño de madre maldito e irresponsable, deberían darle un tiro y dejarlo cojo, para cuando se vea renqueando se acuerde de lo que me ha hecho", para -acto seguido y con recogimiento espiritual- decir: "Hay Diosito, cancelo, cancelo, le quito poder y fuerza"; hasta vainas absolutamente desquiciadas (y desquiciantes) como las de una conocida cuya vida es -en resumen- una seguidilla de cagaditas y desatinos causados siempre por elecciones evidentemente mal hechas, pero quien -en lugar de poner pies en tierra y dejarse de pendejadas- vive haciéndose leer la carta astral, pensando positivo y alejándose de las personas "con mala vibra". ...Como diría un sureño: ¡Andá a cagar!

Y es que la cosa es una moda total: libros de autoayuda, massmediaticos astrólogos, los milagrosos aceites-aguas-polvos-mantos-ungüentos-supositorios de Pare do Shufrir, la infalible medicina sistémica que cura dolencias tales como: "...me se dormían las rodillas..." y hasta las nauseabundas canciones de Diego Torres que nos invitan a envolvernos en la llama violeta "pintándonos la cara color esperanza".

Esa es precisamente la clave que ha descubierto y nos aplica con fe este gobierno: transmutar nuestras desgracias a través del poder sanador de las palabras.

Que cada semana matan a un carajazo de venezolanos y nuestros totales llevan ventaja a países en guerra: pues listo, la mayoría no son homicidios sino "enfrentamientos entre bandas" o "crímenes pasionales", o sea: si tu marido te puñalea, eso no es uxoricidio, no: es una prueba de amor...

Que la ciudad está hecha una mierda, llena de huecos, de basura, de ratas y el tráfico es infernal, pues listo, el peo se acaba mudándonos mentalmente a otro sitio con aroma a bebé y reminiscencias paradisíacas: "La Cuna del Libertador, Reina del Guaraira Repano" ...De pinga pa´ fechar un cheque ¿no?

Es más, si lo pensamos bien, la cosa es hasta divertida. Sí, estamos viviendo en el mundo de Harry Potter, claro está: un Harry Potter tropical, como debe ser.

Así, si algún personajillo se pone ladilla basta con decir: "¡Oligarca!" o "¡Agente de la CIA!" (equivalente al "Expeliamus" Potteriano).

Que la cosa está dura y la pelazón salvaje, pues na´: a ponerse la franela roja y/o inscribirse en el PUS (Partido Único Social) porque esa vaina puede más que el Expecto Patronus...

Que los escualidos andan otra vez dando brinquitos con una recogedera de firmas para que dividan las preguntas del referendum constituyentista, pues toma lo tuyo: "¡Expelliamur!", perdón, no, en criollo la cosa es: "¡Consejo Nacional Electoral!".

Incluso, tenemos nuestras propias "maldiciones imperdonables", entre ellas la peor (equivalente al "Avada Kedabra") es: "¡Lista Tascón!", cuyos efectos son ful-mi-nan-tes. O si la cosa es torturar por placer ("cruciatus") pues tenemos la "Confiscatio y Cagamus de Risa", o pregúntenle a los de RCTV...

Claro, no todo es maldad. Fiel a su origen, esta magia moderna sirve principalmente para agenciar el bien. Así, si tu pueblo pierde en autoestima por tanta pobreza y muertes impunes, pues quítales lo negro, llámalos: "afrodescendientes". Que los coñitos tienen que pararse a las 4:00 a.m. para llegar al Colegio a las 7:00 luego de tres horas de cola, ¡por favor!, retracemos el reloj legal 30 minutos y todos dormiremos más (?)...

Esto -como dijo Adolfo Cubas- es "fabulosSso", así, con la "sSs" chispeante y corrida: "Fa-bu-lo-sSso", el verdadero y nunca antes visto "poder de la palabra".

Por eso hay que dejarse de escualideces pendejas y moralismos capitalistas y meternos también a brujos... Bebernos un tambor de "poción multijugos" y metamorfosearnos en robolucionarios mesmos, de lo contrario, el futuro pinta afrodescendiente y mortífago...



¡¡¡FINITE INCANTATUM!!!

jueves, 23 de agosto de 2007

¡Me cago en la cuna del niño Simón!



La profesora Alba de Méndez era una institución en nuestro colegio, pensándolo bien, fue el primer personaje-institución que conocí en mi vida. Integrante destacada del comité de recepción, daba la bienvenida al bachillerato a cargo de la materia "Geografía Universal". En ese primer año ella nos mostró el sistema planetario, la composición de los cometas y el misterio de las placas tectónicas.

La profesora Alba era una mujer particular: serenísima, impasible, con una sonrisa sincera y maternal, actitud que mantenía incluso ante las burlas descaradas que, para deleite del salón, los más pillos ejecutaban bajo sus narices.

En el segundo año, la profesora Alba se encargaba de la materia "Educación Cívica". Para ese momento, la confianza asquerosa tomada durante el año anterior y las primerísimas descargas hormonales, condujeron al salón en pleno por los derroteros del antiparabolismo total. Yo me preguntaba ¿Pero cómo es posible que la profesora tolere tanto desorden, tanto irrespeto?

Llegamos al tercer año y allí nos esperaba la profesora Alba, con su sonrisa eterna y sus manitas cruzadas sobre el regazo a lo Sofía de España. La cosa prometía pues, a la confianza asquerosa y la irreverente adolescencia, se sumaban dos elementos: el haber descubierto que (creíamos nosotros) la profe nunca leía los trabajos que asignaba, calificándolos por su volumen, y que ese sería el último año en que la susodicha estaría en nuestras manos. Esta vez, el escenario sería "Historia de Venezuela". Sin embargo, la realidad fue otra, ese año -ese fatídico tercer año- sería nuestro annus horribilis, tiempo de venganza y maldiciones, ¡la Maldición de Bolívar!

Era conocido que la profesora Alba profesaba una marcada admiración por la figura de nuestro Libertador y, en consecuencia, tendía a asignar tediosas y dilatadas tareas cuyo tema central no era otro que "El Padre de la Patria".

Pues bien, ese año la historia confabuló en nuestra contra sirviendo nuestras tiernas carnes en bandeja de plata: ¡Era el Bicentenario del Natalicio del Libertador, Simón Bolívar! La profesora Alba enloqueció, nadie lo sabía entonces pero nosotros fuimos la población de muestra para experimentar con la primera misión: la Misión "Bolívar for Ever".

Dentro de las innumerables y desquiciadas tareas que debimos cumplir se encontraban:

Cada clase y por orden de lista, uno de nosotros debía copiar en la esquina superior derecha del pizarrón un "pensamiento" del Libertador, con eso aprendimos que ese señor, tan honorable él, había hablado más paja que el libro Mantilla.

Luego de comprar un texto sobre el tema y varios cuadernos que debimos unir con pega, fuimos compelidos a transcribir, a mano y literalmente, la descripción de chorrocientas batallas de nuestra gesta independentista, de esto no recuerdo haber aprendido nada, salvo tomar conciencia de mi supina tontez pues mientras la mayoría se dedicó a copiar letras de canciones y demás huevadas entreveradas para engordar el texto original y así también la nota, yo me mamé los encuentros bélicos con respetuosa exactitud y exigua calificación.

En otro cuaderno -y libro a la vista- nos tocó copiar también la biografía de cuanto cacique pobló estas tierras, esta fue una de las tareas más educativas pues con ella aprehendí, con no poco estupor, la noción de lo que era la "perra traición" al enterarme como Tibisay, mujer de Murachí, no tuvo empacho en pegar la carrera cuando, en plena lucha genocida y a punto de sucumbir ante la espada conquistadora, su prometido (Murachí) le increpó: "¡Huye, huye Tibisay!" y la muy perra huyó: no lo pensó dos veces.

Y es que de algo estaba yo seguro (incluso a pesar de mi virginal ignorancia en temas de amor y los sacrificios suicidas que tal sentimiento demanda): Aunque Murachí le había pedido que huyera (ya que lo indio no quita lo cortés), seguro esperaba que su amada lo ayudase en la lucha o que -en extremo- sucumbiera a su lado en prueba suprema de amor romántico y dignidad funcionarial. Pero no, según narraba aquel libro verde de páginas amarillentas, la última imagen que vería el perplejo Murachí sería la de su amada (princesa de la Tribu y futura primera dama para mayor INRI) trepando el cerro a cuatro patas en veloz huida...

El martirio incluyó -entre muchas otras actividades- un paseo a la "Casa Natal", a la sede de la "Sociedad Bolivariana" y al "Museo Bolivariano", sitios en los que aprendimos: que en casa de los Bolívar sólo Simón tenía cuarto y cama; que allí nadie cagaba o meaba porque no había baños, y que el Libertador era enano o tanta gloria póstuma encogía la ropa...

A estas alturas, y curados para siempre del miedo escénico por una diarrea de exposiciones que –cual legionarios de Bolívar- debimos hacer una y otra vez frente a cada curso de cada año e incluso en otros liceos de la zona, no era poca la arrechera que muchos sentíamos por el Padre de la Patria, el hombre estaba realmente cansón.

Pero lo vivido fue nada cuando la perversa Alba anunció el trabajo final de la materia: muestra máxima del jubileo bolivariano, cada alumno debía elaborar un libro (si, un libro) sobre Simón Bolívar, no había parámetros ni condiciones para el contenido distintos al monotema: cualquier cosa que incluyese a Bolívar valía, eso sí, libro al fin, el ejemplar debía estar escrito a máquina (computadoras y procesadores de texto eran cosas del futuro y el copy-page era algo imposible), debía estar elegantemente empastado y -lo más importante- sería evaluado como todas las obras anteriores: por peso, pero con una diferencia, esta vez el trabajo sería rigurosamente leído...

De solo recordar la cantidad de páginas que tuve que tipear a pulmón en aquella Remington, más que analógica prehistórica, me da currutaquilla... Qué difícil resultó compilar y transcribir cuanta pendejada existiese sobre el personaje a fin de asegurar la mayor extensión posible.

Finalizado ese año, precluida ya la celebración del Bicentenario y consumada la venganza de la profesora Alba, me atrevería a decir que en nuestro fuero íntimo todos mandamos a Bolívar al mismísimo Panteón y juramos mantenernos lo más lejos posible de los bolivarianismos militantes.

Pero ¡Oh, cruel destino! quién nos iba a decir que la maldición tenía segunda parte, que veinte años después, cuando nos disponiamos -por fin Señor- a librar nuestras propias batallas, a vivir nuestra gesta personal, a tentar al destino y al amor gritándole ¡Huye, huye! a nuestra Tibisay apostando cual Murachíes a que ella correría en nuestro auxilio, vendría de nuevo Bolívar a instalarse en nuestras vidas, a joder el parque como un espíritu burlón invocado en un juego de Ouija mal resuelto y no por un año académico sino para siempre...

Hoy, al igual que en el 83, tanto Bolívar no puede ser más que un castigo, una venganza, un ajuste de cuentas por algo mucho peor que haberse burlado de la profesora Alba o haber profanado la secuencia perfecta de la Batalla de Carabobo incluyendo la letra de "Súbete a mi Moto". Si, tanta República Bolivariana, tanta Constitución Bolivariana, Misiones Bolivarianas, Revolucionarios Bolivarianos y Bolívares Fuertes, no pueden ser sino el justo castigo a nuestra puta maldad.

Por eso ¡me cago! Si, ¡Me cago en la puta cuna del niño Simón, en las tetas de la afrodescendiente Hipólita y a lo largo y ancho del Guraira Repano! Porque yo nunca me burlé de la profesora Alba, no profané las batallas; ni siquiera me atreví -aunque ello hubiese sido un acto de justicia- a dejar a Tibisay guerreando al lado del iluso Murachí en mi versión manuscrita de su historia... Entonces ¡por qué Señor tanto castigo!