jueves, 23 de agosto de 2007

¡Me cago en la cuna del niño Simón!



La profesora Alba de Méndez era una institución en nuestro colegio, pensándolo bien, fue el primer personaje-institución que conocí en mi vida. Integrante destacada del comité de recepción, daba la bienvenida al bachillerato a cargo de la materia "Geografía Universal". En ese primer año ella nos mostró el sistema planetario, la composición de los cometas y el misterio de las placas tectónicas.

La profesora Alba era una mujer particular: serenísima, impasible, con una sonrisa sincera y maternal, actitud que mantenía incluso ante las burlas descaradas que, para deleite del salón, los más pillos ejecutaban bajo sus narices.

En el segundo año, la profesora Alba se encargaba de la materia "Educación Cívica". Para ese momento, la confianza asquerosa tomada durante el año anterior y las primerísimas descargas hormonales, condujeron al salón en pleno por los derroteros del antiparabolismo total. Yo me preguntaba ¿Pero cómo es posible que la profesora tolere tanto desorden, tanto irrespeto?

Llegamos al tercer año y allí nos esperaba la profesora Alba, con su sonrisa eterna y sus manitas cruzadas sobre el regazo a lo Sofía de España. La cosa prometía pues, a la confianza asquerosa y la irreverente adolescencia, se sumaban dos elementos: el haber descubierto que (creíamos nosotros) la profe nunca leía los trabajos que asignaba, calificándolos por su volumen, y que ese sería el último año en que la susodicha estaría en nuestras manos. Esta vez, el escenario sería "Historia de Venezuela". Sin embargo, la realidad fue otra, ese año -ese fatídico tercer año- sería nuestro annus horribilis, tiempo de venganza y maldiciones, ¡la Maldición de Bolívar!

Era conocido que la profesora Alba profesaba una marcada admiración por la figura de nuestro Libertador y, en consecuencia, tendía a asignar tediosas y dilatadas tareas cuyo tema central no era otro que "El Padre de la Patria".

Pues bien, ese año la historia confabuló en nuestra contra sirviendo nuestras tiernas carnes en bandeja de plata: ¡Era el Bicentenario del Natalicio del Libertador, Simón Bolívar! La profesora Alba enloqueció, nadie lo sabía entonces pero nosotros fuimos la población de muestra para experimentar con la primera misión: la Misión "Bolívar for Ever".

Dentro de las innumerables y desquiciadas tareas que debimos cumplir se encontraban:

Cada clase y por orden de lista, uno de nosotros debía copiar en la esquina superior derecha del pizarrón un "pensamiento" del Libertador, con eso aprendimos que ese señor, tan honorable él, había hablado más paja que el libro Mantilla.

Luego de comprar un texto sobre el tema y varios cuadernos que debimos unir con pega, fuimos compelidos a transcribir, a mano y literalmente, la descripción de chorrocientas batallas de nuestra gesta independentista, de esto no recuerdo haber aprendido nada, salvo tomar conciencia de mi supina tontez pues mientras la mayoría se dedicó a copiar letras de canciones y demás huevadas entreveradas para engordar el texto original y así también la nota, yo me mamé los encuentros bélicos con respetuosa exactitud y exigua calificación.

En otro cuaderno -y libro a la vista- nos tocó copiar también la biografía de cuanto cacique pobló estas tierras, esta fue una de las tareas más educativas pues con ella aprehendí, con no poco estupor, la noción de lo que era la "perra traición" al enterarme como Tibisay, mujer de Murachí, no tuvo empacho en pegar la carrera cuando, en plena lucha genocida y a punto de sucumbir ante la espada conquistadora, su prometido (Murachí) le increpó: "¡Huye, huye Tibisay!" y la muy perra huyó: no lo pensó dos veces.

Y es que de algo estaba yo seguro (incluso a pesar de mi virginal ignorancia en temas de amor y los sacrificios suicidas que tal sentimiento demanda): Aunque Murachí le había pedido que huyera (ya que lo indio no quita lo cortés), seguro esperaba que su amada lo ayudase en la lucha o que -en extremo- sucumbiera a su lado en prueba suprema de amor romántico y dignidad funcionarial. Pero no, según narraba aquel libro verde de páginas amarillentas, la última imagen que vería el perplejo Murachí sería la de su amada (princesa de la Tribu y futura primera dama para mayor INRI) trepando el cerro a cuatro patas en veloz huida...

El martirio incluyó -entre muchas otras actividades- un paseo a la "Casa Natal", a la sede de la "Sociedad Bolivariana" y al "Museo Bolivariano", sitios en los que aprendimos: que en casa de los Bolívar sólo Simón tenía cuarto y cama; que allí nadie cagaba o meaba porque no había baños, y que el Libertador era enano o tanta gloria póstuma encogía la ropa...

A estas alturas, y curados para siempre del miedo escénico por una diarrea de exposiciones que –cual legionarios de Bolívar- debimos hacer una y otra vez frente a cada curso de cada año e incluso en otros liceos de la zona, no era poca la arrechera que muchos sentíamos por el Padre de la Patria, el hombre estaba realmente cansón.

Pero lo vivido fue nada cuando la perversa Alba anunció el trabajo final de la materia: muestra máxima del jubileo bolivariano, cada alumno debía elaborar un libro (si, un libro) sobre Simón Bolívar, no había parámetros ni condiciones para el contenido distintos al monotema: cualquier cosa que incluyese a Bolívar valía, eso sí, libro al fin, el ejemplar debía estar escrito a máquina (computadoras y procesadores de texto eran cosas del futuro y el copy-page era algo imposible), debía estar elegantemente empastado y -lo más importante- sería evaluado como todas las obras anteriores: por peso, pero con una diferencia, esta vez el trabajo sería rigurosamente leído...

De solo recordar la cantidad de páginas que tuve que tipear a pulmón en aquella Remington, más que analógica prehistórica, me da currutaquilla... Qué difícil resultó compilar y transcribir cuanta pendejada existiese sobre el personaje a fin de asegurar la mayor extensión posible.

Finalizado ese año, precluida ya la celebración del Bicentenario y consumada la venganza de la profesora Alba, me atrevería a decir que en nuestro fuero íntimo todos mandamos a Bolívar al mismísimo Panteón y juramos mantenernos lo más lejos posible de los bolivarianismos militantes.

Pero ¡Oh, cruel destino! quién nos iba a decir que la maldición tenía segunda parte, que veinte años después, cuando nos disponiamos -por fin Señor- a librar nuestras propias batallas, a vivir nuestra gesta personal, a tentar al destino y al amor gritándole ¡Huye, huye! a nuestra Tibisay apostando cual Murachíes a que ella correría en nuestro auxilio, vendría de nuevo Bolívar a instalarse en nuestras vidas, a joder el parque como un espíritu burlón invocado en un juego de Ouija mal resuelto y no por un año académico sino para siempre...

Hoy, al igual que en el 83, tanto Bolívar no puede ser más que un castigo, una venganza, un ajuste de cuentas por algo mucho peor que haberse burlado de la profesora Alba o haber profanado la secuencia perfecta de la Batalla de Carabobo incluyendo la letra de "Súbete a mi Moto". Si, tanta República Bolivariana, tanta Constitución Bolivariana, Misiones Bolivarianas, Revolucionarios Bolivarianos y Bolívares Fuertes, no pueden ser sino el justo castigo a nuestra puta maldad.

Por eso ¡me cago! Si, ¡Me cago en la puta cuna del niño Simón, en las tetas de la afrodescendiente Hipólita y a lo largo y ancho del Guraira Repano! Porque yo nunca me burlé de la profesora Alba, no profané las batallas; ni siquiera me atreví -aunque ello hubiese sido un acto de justicia- a dejar a Tibisay guerreando al lado del iluso Murachí en mi versión manuscrita de su historia... Entonces ¡por qué Señor tanto castigo!

5 comentarios:

guayi dijo...

compañero esto esta realmente bueno....

yo tambien me cago en la cuna de simon...

seguiremos leyendo sus desvarios que esta muy interesantes.

Columba Nigra dijo...

¡Gracias Guayi!

Anónimo dijo...

Ten la plena seguridad que, contemporáneos o no, somos una muchedumbre los que nos sentimos identificados con tu desesperación. Es una verdadera animadversión la que venimos amasando, ya no sólo los peruanos, sino ahora también los propios venezolanos por ese ser, privilegiado desde la cuna, que fue el mentado Simón. Tal vez fue eso, la agobiante sensación de tener la vida resuelta desde antes de su nacimiento, lo que lo impulsó a matar sus grandes ratos de ocio embochinchándose en una de gesta independentista. Lo peor, al parecer, no es lo que ya pasamos (te lo dice un ex presidente de una sociedad bolivariana) sino, y por los vientos que soplan, lo que está por llegar, pues aún hay y habrá unos cuantos que no pierden ni perderán la oportunidad de subirse a ese tren de empalagosa demagogia trasnochada que por siglos ha conducido a muchos hasta el poder. Lamentablemente creo que nos seguirán arrojando ese cebo envenenado a sabiendas de que todavía por ahí hay mucho “pescao” ansioso de tragárselo... “¿Cuándo podremos vivir en un país en el que no sepamos el nombre de quien nos gobierna?”

Columba Nigra dijo...

Así es Amalio, eso sería genial: poder pasar semanas, al menos un mes, sin escuchar reportes de lo que hace o deshace este loco... Gracias por tu comentario y bienvenido! ;o)

Unknown dijo...

Que historia tan buena!. Yo creo que uno de los errores que uno comete generalmente al escribir ficcion, o cuentos cortos es que uno quiere decir tanto que se olvida de que hay una parte para establecer la premisa, una parte para desarrollarla y otra para la cerrarla y algo que me gusta es que en el cierre retomas la introducción de nuevo, eso hace que todo se vea y se sienta "
redondito". Hmmm... me preguntabas si estaba largo, y si en efecto es un poquito largo. Pero por otro lado el formato blog es lo que tu quieres que sea.